Susana Giner 13 mayo, 2016

Viernes, 23:30h. 
Un grupo de cinco entra por la puerta. Cuatro admiran la nevera y la pizarra (baldosines azules) con ilusión. El quinto no. El quinto (de apellido Mahou) muestra una indiferencia defensiva-ofensiva por todo lo que nos rodea y que no entiende. 
–Buenas noches. ¿Queréis la carta de cervezas? -les digo. 
-Yo quiero una Voll Damm… -responde 5º casi sobre mis últimas sílabas, con un énfasis que me parece excesivo y forzado y la mirada desafiante del tipo esa no te la esperabas, ¿eh?, soy el más original, porque mira que venir a un local con más de cien birras y un montón de barriles y pedirme una Voll Damm… hay que ser guay y más chulo que nadie. Yo tengo huevos de pedirte una Voll Damm porque yo sé lo que me gusta, lo tengo claro, yo llevo mi vida por donde quiero, sin influencias, que a mí tanta mariconada de cervezas de importación, o de frambuesa o de pijadas… que una cerveza es una cerveza, y cerveza es sólo lo que yo digo que es cerveza. Y por supuesto me la bebo a morro, que soy más duro que ‘El Cejas’ Tosar.


Tú sabes qué pecados cometiste en otra vida, pienso. O quizá los cometí yo y me imagino demasiadas cosas, pienso también, porque el pobre muchacho no ha hecho más que pedir una Voll Damm. 
-Y no quiero copa -añade. 
Sonrío.

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