Susana Giner 23 febrero, 2019

El otro día decía en Facebook que los humanos son bien extraños, hace más de 40 años que me relaciono con ellos y todavía no logro entenderlos. En serio. De verdad.
Es bien sencillo distinguir lo sano de lo morboso, lo sucio de lo limpio, lo torcido de lo recto… Lo difícil es admitir las propias inclinaciones hacia lo oscuro. (¿Puede ser que admitir esa atracción por lo ‘malo’ automáticamente le reste atractivo?)

Y luego está la necesidad de ponerle etiquetas a todo…

Os juro que no les comprendo y que, además, están empezando a acabar con mi paciencia.

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Estoy atravesando una crisis, un descreimiento. Esta crisis no es la primera ni será la última, las tengo con frecuencia. Esta vez es una pérdida de fe en los valores.

De niña me decían que, aunque el camino tuviera curvas, yo siempre fuera en línea recta, que la verdad abre todas las puertas y que al final siempre se impone. Y una mierda.

Rectitud, rectitud, rectitud. Eso me decían, aunque bien pronto me di cuenta de que, sí, rectitud, rectitud, pero con cintura, ¿me explico? Rectitud como principio de actuación combinada con capacidad de adaptación… sin embargo, en lo segundo flojeo un poco, la verdad.

La rectitud moral será muy satisfactoria, que sí lo es, pero en la mayoría de veces es muy poco útil.

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Salvo en caso de conflicto de lealtades y cosas así, en que ser fiel a un principio implica vulnerar otro, se suele tener claro, más o menos, qué es lo bueno, qué es lo conveniente, qué es lo beneficioso, qué es lo justo… sin embargo, no siempre escogemos o nos inclinamos por ello. Es más, a veces nos inclinamos por exactamente lo contrario, a sabiendas, a veces contra y a expensas de lo recto y lo justo. Esto ocurre con tanta frecuencia que ya hablamos de la ilógica de la ‘condición humana’ como algo intrínseco a ella. Y es que los seres humanos somos muy malos gestores de nuestra propia vida.
Es la atracción fatal del abismo, es la inclinación a lo oscuro, la emoción perversa, el morbo, la marcha… En este principio radica el atractivo del psicópata. Ojito, existen, y no blanden cuchillos, pero te joden la vida igual o más.

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No, no despierto ahora de mi sueño ingenuo, solo que me he visto envuelta en una historia de este tipo y he sido testigo en primera fila.
En la vida real, muchas veces ganan los malos, de ahí mis dudas.

Cuando tomo conciencia de ello, se me ponen los pelos de punta y me replanteo mis 43 años de trayectoria.

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Oído hoy:
“Que tú seas capaz de comprender y disculpar no hace que esa sea tu misión”.
Yo, por mí misma, no había sido capaz de darme cuenta de semejante obviedad. Qué cosas…
Y tras pensarlo, me doy cuenta de que no solo no es mi misión, sino que ni siquiera es mi obligación.

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