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Susana Giner 7 febrero, 2019

Para alguien muy importante en mi vida, nada es casualidad.

Para ella, cualquier coincidencia encierra un sentido y una intención.

Esa persona se llama K… bueno, no se llama así, claro, pero aquí la voy a llamar K, para mantener el misterio. No, no es agrimensora.

Para K todo ocurre por algo y para algo, nada es porque sí. Seguramente, aunque esto es una mera suposición mía, todo está interconectado con el antes y el después, con el todo y la nada.

Ella cree en Maktub.

K ve señales por todas partes, en casi todo. Para ella, los hechos ocurren, ya sea sucediéndose, simultaneándose,  amontonándose o nada de lo anterior, en armonía con el Sentido; las cosas son como son porque deben ser así y no de otro modo.

Cualquier cosa es una señal en potencia, solo es necesario encontrar la relación.

Y las señales, que son pistas que anticipan esos hechos y que les dan sentido, nos salen al paso a cada momento, con la manifiesta intención de revelarnos algo importante, pero hay que saber verlas. Y esa es la cuestión y no otra: saber verlas. Quién ha escrito lo que está escrito y por qué lo hace, y por qué se entretiene en enviarnos esas señales multívocas o de incierta interpretación en lugar un whatsapp clarito, clarito, no tiene ninguna importancia.

A veces me río con ella de sus cosas, de esa habilidad suya para convertir en una señal que una hoja caiga sobre otra hoja en mitad del otoño, o la coincidencia de las dos manecillas del reloj, o que al entrar en un bar suene una canción, ¡precisamente esa!, y no otra, o que hayamos pensado lo mismo casi en el mismo momento. Da igual que en otoño el suelo esté cubierto de hojas y las hojas caigan por cojones sobre otras hojas, da igual que las agujas del reloj coincidan al menos 2 veces al día porque están encerradas en una esfera girando y girando, da igual que la canción que suena al entrar en el bar sea la que está de moda y la pongan en todas partes, da igual que ‘eso’ que hemos pensado a la vez sea justo ‘eso’ que tenemos ante los ojos las dos. Da igual. Ella es capaz de convertirlo en una forma de revelación, y esa es la clave y el truco.

Y como siento envidia de la felicidad ajena, la trolleo.

Cada vez que K me habla de señales, le digo lo mismo: ‘K, eso es una casualidad. Ocurre cada día pero solo te fijas cuando coincide con…’ lo que sea. Pero no consigo atraerla a mi vacío, ella insiste en su plenitud: ‘Maktub, todo está escrito, te lo digo yo.’ 

Para mi mentalidad cartesiana, las señales no existen. Porque… ¿señales de qué? ¿Puestas por quién? ¿Con qué intención?
Para mí, las señales son el producto de la voluntad de darle un sentido a la interrelación de determinados hechos o elementos. Pasa como con las estrellas. Las estrellas están ahí, a su rollo, sin orden ni concierto, sin ninguna voluntad, sin embargo, los humanos formamos grupitos con forma de toros, flechas, cangrejos, peces… las llamamos constelaciones y les inventamos fábulas y tratamos de leer en ellas el devenir.

Yo creo que nada está escrito porque no hay nadie que lo escriba ni motivo para escribirlo ni soporte donde escribirlo ni utilidad en escribirlo; y creo, sé, que no existen las señales.
Es el miedo a lo imprevisto, es el vértigo por el vacío anticipado. La incertidumbre nos vuelve locos.

Sin embargo, aunque yo haga rabiar a K, sé que esto va más allá de la mera superstición.

K no está equivocada; yo, sí.

K tiene claro que la vida está puesta ahí para ella, para que la haga suya, para poder interpretarla a su antojo a través de esas señales que solo ella ve y para tomársela a grandes tragos en su copa preferida.

K VE la vida y la vida está llena de señales.

K es feliz. K es feliz dando y recibiendo, es feliz con ‘un cacharrete’, con una lámpara de colores, con una tarde con sus nietos, con un juego de té bizarro que me enseña ufana y que yo le digo que es bizarro por hacerle la puñeta, soy así. Ella, sentida pero feliz, se ríe y lo disfruta igual. Le gusta. Le gusta verlo. Le gusta saber que puede verlo siempre que quiera y disfruta de haber hecho ese gasto.

Y yo no entiendo nada. Pero no lo entiendo de verdad, no es postureo. Lo bonito, si no es práctico, es peor que inútil, es frívolo.

 

Hace tiempo que me ronda la idea de que algo estoy haciendo mal. Habito la vida como un átomo al que le falta un electrón o le sobran tres.

K es feliz.
Yo me limito a ser.

Como propósito de año nuevo, me he propuesto formarme en la Ciencia de K.

Ya no hay vacío.

Señales.

2 pensamientos a “Dios juega a los dados.

  1. «Lo bonito, si no es práctico, es peor que inútil, es frívolo.» Una de esas frases taxativas, de las que dejan pasando una banda de ángeles en una conversación. Mola

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