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Susana Giner 19 enero, 2019

Soy tan consciente cuando una cata me queda bien como cuando me queda mal, y no soy benevolente conmigo misma. La culpa siempre es mía: soy yo, que tengo a mi alcance mil recursos y un grupo de personas expectantes y dispuestas, quien elige la estrategia y marca el ritmo. Únicamente yo soy la responsable, tanto si sale bien como si sale mal.

Una de las últimas catas no salió del todo bien. Ojo, a ver… la gente se iba encantada, contenta, dando las gracias… Hubo quien aplaudió, incluso… Pero no. No. Mi sensación no había sido buena.
Falló la conexión, no sé si me explico…

No sé qué pasó exactamente. No supe levantar el grupo. Faltaron risas, faltaron preguntas, faltó entusiasmo. Malditas dinámicas de grupo…
Ya empecé mal, atropellándome, porque recordaba que la última cata se había alargado más de 3 horas e incluso así habían quedado mil temas sin tratar.
¿Una mala elección de las cervezas? Eso seguro que no fue, lo tengo claro.
A mi cansancio acumulado se sumó mi falta de concentración y algún factor externo para entorpecerme la conducción: Alguien que se parece a alguien y te descentras cada vez que lo miras, otro alguien a quien no le gusta la cerveza en general y no se priva de demostrarlo a cada trago… No quiero excusarme con esto, además con ese tipo de situaciones he bregado otras veces, solo te lo cuento.

Al final de la cata, compartí con los asistentes mi estado de ánimo, en parte porque soy una bocachancla y, si me callo algo, me explota la cabeza, y también impelida por cierta vanidad profesional: ‘sabed que puedo hacerlo mejor’.
Nos quedamos un rato más charlando, apurando copas. Una asistente a la cata, clienta habitual, y mi fiel María intentaban ‘consolarme’. Y yo, sombría: que no y que no y que no y que no…
Entonces la clienta habitual empezó a hablar con auténtica pasión de su afición a los tés, tés rarunos y exóticos, de esos de ritual y de contar los minutos de infusión y tal, no como el que tomo yo, cutre, del súper, hervido y recalentado entre 2 y 15 minutos, dependiendo de cuánto tiempo olvide el microondas en marcha.
“Mira, Susana, hay dos Susana en mi vida que me hacen feliz, la chica que me vende el té y tú con la cerveza”

No voy a decir que se me pasó la mala hostia conmigo misma porque sería mentira pero sí que se me alivió un poco el escozor.
Chimpún.

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